Todas las ciudades aspiran hoy a ser inteligentes

¿Dónde radica la inteligencia de una ciudad? La discusión sobre el desarrollo y la planificación urbana se ha impregnado de un concepto, el de la “Smart City”. No hay prácticamente ciudad importante del mundo que no sienta la atracción de ser reconocida como tal. Desde Laos hasta Copenhague, de Medellín a Tel Aviv, gobernantes y urbanistas alimentan esta tendencia. Por ejemplo, el gobierno hindú acaba de destinar 10 billones de dólares para desarrollar 100 futuras smart cities y según Pike Research, hacia 2020 serán invertidos más de 108 billones en todo el mundo.

Ciudad Inteligente
Smart City se ha convertido en un concepto-paradigma para pensar las ciudades de manera sostenible y con una perspectiva de innovación. Esta idea trae implícita la incorporación de nuevas tecnologías aplicadas a la modernización de las gestiones y se asienta sobre la mejora en la calidad de vida de los ciudadanos, la perspectiva de una ciudad medioambientalmente sustentable y la optimización de los presupuestos públicos.

Pero hay quienes sostienen que este concepto no es más que una moda impulsada por los imperativos comerciales del sector tecnólogico. No hay consenso y no es lo mismo hablar sobre Smart City en Barcelona o Amsterdam que en Buenos Aires o Nueva Delhi, pero la discusión plantea un reto interesante. La gestión de las ciudades se ha convertido en el elemento central en las políticas del futuro. Y en el futuro de la política.

Por ese motivo se han creado espacios de debate donde acoger y exponer estas discusiones. Uno de los más importantes lo constituye el “Smart City Congress” que desde hace 5 años se organiza en Barcelona. Una cumbre mundial de ciudades donde se debaten temas y se presentan soluciones para el mejoramiento de las ciudades.

Solo en la última edición asistieron unos 440 ciudades de 90 países, recibió 11.000 asistentes y participaron más de 200 empresas. Las claves del éxito parecen ser dos: por un lado, la pretensión de las ciudades de tomar la tecnología y usarla para su mejor funcionamiento y, por el otro, la irresistible tentación de sentirse “smart”.
En la mano de los gobernantes queda la principal responsabilidad: que la innovación llegue a la gente.

Fuente: Clarin.com